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Tres dos




"II", TRILCE, CÉSAR VALLEJO


Tiempo Tiempo.

Mediodía estancado entre relentes.
Bomba aburrida del cuartel achica
tiempo tiempo tiempo tiempo.

Era Era.

Gallos cancionan escarbando en vano.
Boca del claro día que conjuga
era era era era.

Mañana Mañana.

El reposo caliente aún de ser.
Piensa el presente guárdame para
mañana mañana mañana mañana.

Nombre Nombre.

¿Qué se llama cuanto heriza nos?
Se llama Lomismo que padece
nombre nombre nombre nombrE.



De Trilce.

viernes, 26 de abril de 2013 Deja tu comentario

"Hay golpes en la vida, tan fuertes ... Yo no sé!"




"LOS HERALDOS NEGROS", CÉSAR VALLEJO


Hay golpes en la vida, tan fuertes... Yo no sé.
Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,
la resaca de todo lo sufrido
se empozara en el alma... Yo no sé.

Son pocos; pero son... Abren zanjas oscuras
en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte.
Serán tal vez los potros de bárbaros atilas;
o los heraldos negros que nos manda la Muerte.

Son las caídas hondas de los Cristos del alma,
de alguna fe adorable que el Destino blasfema.
Esos golpes sangrientos son las crepitaciones
de algún pan que en la puerta del horno se nos quema.

Y el hombre... Pobre... pobre! Vuelve los ojos, como
cuando por sobre el hombro nos llama una palmada;
vuelve los ojos locos, y todo lo vivido
se empoza, como un charco de culpa, en la mirada.

Hay golpes en la vida, tan fuertes ... Yo no sé!


De Los heraldos negros



[Hay algo en este texto que asusta. Quizás "las caídas hondas", "el hombre... Pobre, pobre!". El rostro, la alteración de los apellidos para que todo sea génesis y olvidemos la forma en que se circunscribe la nariz.]

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Fábula de los tres hermanos



Di nombre nombre menbro nembro onmbre erbonm
césar juan elena hache cabeza ciego mano aliento.




 Éranse una vez. Tres hermanos. Tres sombras. Con dos nombres de lo más corriente. El señor Jaqueca y el señor Vajilla. Don Juan y don César. Eran grandes amigos esos tres. Eran tres sombras en el pueblo. Nadie los vigilaba, jugaban hasta altas horas de la madrugada. No se oían los cubiertos tintinear contra  la loza. Tampoco en sus manos. Jugaban siempre. Siempre estaban jugando. Esos tres pillos, los recuerdo bien. Alargados, oscuros, tez cetrina y ojos negros como dos pozos verticales. Te chupaban la sangre con su  grito silencioso. Te succionaban el nombre pegados a tus talones, silenciosos. Para cuando querías darte cuenta, ya habían corrido a esconderse entre la noche. Largas eran sus estancias en el pueblo. No lo recuerdo sin ellos. Sin esos tres. Juan y César. Los niños que comían ratas porque no tenían cerámica. Los niños alargados. Jóvenes sin rostro más adelante. No recuerdo el pueblo sin ellos. No recuerdo sus rostros. Creo que nunca los vi. Tenían Juan y César la mitad de la piel quemada. De la cara a los tobillos. Simétricamente, del mismo modo en que la monstruosidad atrae la atención popular, todos los miraban para comprobar la perfección en que se delimitaba la piel parcheada de aquella en buen estado. No recuerdo a nadie tocando a don Juan y a don César. Un buen día uno de los tres desapareció. Nadie sabía su nombre y, conforme pasó el tiempo, también se olvidaron del de los dos que aún quedaban, trasteando por el bosque, camuflados entre los largos árboles. Empezaron a llamarlos por el nombre de las cosas cotidianas hasta que las cosas cotidianas comenzaron a parecerse a ellos. Entonces la gente tomó miedo y olvidó también las cosas cotidianas. Al tiempo que éstas dejaron de usarse, comenzaron a echarse de menos por el pueblo algunas caras. Al principio creíamos que se habían ido al bosque, porque veíamos sombras moverse para aquí y para allá, como inquietas, hasta que aprendimos que eso que se movía ahí fuera no lo hacía para volverse. Llegó un día en que fuimos tres en el pueblo. Tres sombras alargadas por los años, con el cuerpo oscuro y transparente como un sueño. Don Juan y don Pablo. No sé si ocurrió ese mismo día, porque junto con las personas también habíamos olvidado los días. Descubrí que habían olvidado bajo su amistad mi nombre. No me hizo falta nadie para que sucediera. Pronto vi cómo iban despareciendo los otros, haciéndose más nítidos, como aquellas cosas cotidianas. Vi cómo desaparecían sus nombres conforme sus caras se diluían en la nitidez. Y mi cara, de pronto, ya no la conocía. Ese extraño en mi lugar repetía un nombre que jamás fui capaz a entender. De manera que, ante mi manifiesta incomprensión, un día me contó una historia. Decía así: Éranse una vez tres hermanos. El señor Jaqueca y el señor Vajilla. Eran tres sombras en el pueblo. No se oían los cubiertos tintinear contra  la loza. Tampoco en sus manos.


Publicado en Revista Kokoro, nº2 [http://revistakokoro.com/treshermanos.html









Сталкеp, Андрей Тарковский, 1979

viernes, 25 de enero de 2013 Deja tu comentario

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Photo: Jonah and the whale, Pamplona Bible

Jonah, Pamplona Bible, Navarre 1197. Amiens, Bibliothèque municipale, ms. 108, fol. 146r .