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Canto al mundo que sepa recoger mi cuerpo

Me visto despacio en un día de luces.
Sucedo mis movimientos como acontecimientos impares.
Paseo hebras de colores por mi piel cuarteada por formas sonrientes.


Vendrás y recogeré tu cuerpo entre mis miles de maneras de caer. Los modos de caer en la vida
que
sucedieron mis movimientos acolchados en este final.

Vendrás y te vestiré con las luces y las voces del mundo.
Descubriré las formas de mis dedos mientras te coloreo a gusto de otro tiempo, inexistente.

Vendrás cuando llegues.
Te recibiré
desnuda:
mi único modo de estar
imprevisible
ante lo que eras conmigo.


Canto a un mundo que sepa recoger las trizas de mi cuerpo.
No volaré

si no son cenizas

plateadas
mi cabello
dentro de tus manos
que aletean desesperadas
por mantener el pulso
frágil

en movimiento.


Dentro de esa fragilidad encuentro tu ser aquí. Alargar el instante en que, cuadrúpeda, la mano se extiende por el muslo, y baja a lo largo de un hueso, besando sin pasar, la rodilla; y alcanza al fin la punta de los pies, unos pies, mis pies, dibujantes del contorno de mis manos.

Alargo el instante de tu llegada como alargo mi cuerpo sobre mi cuerpo. El deseo
inocuo de vivirlo. Que la voz que canta el mundo te traiga de vuelta.
Inútilmente, una montaña, cubierta de nieve, habla los idiomas que confunden a los hombres en la tierra. Sólo uno, la pasión, la hace inamovible.


Ir hacia ti a partir del movimiento desencadenado
de vestirse.
Estar en ti
desde la curiosidad que implica un viaje a través del cuerpo.
Y en el descenso a lo incomprensible,
dime,
si
este no fue
el mejor modo

de equivocarse.


miércoles, 24 de noviembre de 2010 15 Comentarios

Intento de acercarse (II): Aquí estuvo, el color de mis sueños


Jane Graverol, El Espíritu Santo




Más allá del color de mis sueños está mi rastro.
El color de mis sueños está en el cuerpo de una mujer.
En el secreto de las nueve puertas que conducen a la libertad de un pájaro.

Mi rastro conforma la silueta de una escalera. El cuerpo de una mujer es la escalera que lleva al color.
Más allá del color de mis sueños está mi rastro.
Mi rastro no tiene color. Es un surco en la tierra. Un surco que hendieron mis manos.
Mis manos tienen dedos.
Con los dedos creo números.
En los números codifico los nombres.
En los nombres nombro.
Soy
en los nombres.

Toco el cuerpo de una mujer con mis manos. La hago escalones. Enormes escalones para mi diminuto cuerpo. Menguo en este estado de inclinación hacia el color. Desaparezco.

Soy el cuerpo de una mujer. En el lugar de mis ojos tenía dos huecos. Ahora tengo escalones. Los escalones conducen a mi vientre. En el vientre encuentro mi rastro.

Dibujo una circunferencia con la creación de mis miembros. Me incluyo en la esfera. Debajo de mis pies no hay identificación posible.

Más acá de mi vida está la circunferencia en el trazo. Dentro del trazo se esconde el secreto del regreso. Sólo
si miro adentro
puedo ver la silueta
de un cuerpo

con las manos llenas de tierra.

miércoles, 25 de agosto de 2010 14 Comentarios

Alucinación I



Enzo Cucchi

Una muerte. Qué instante. Pensar, pensar en un hueco, en una perforación de la mente por para y el cerebro extinto (¿de dónde?). Aquí las rosas olían a muerto, a nicho relleno de tierra.
Qué silencio. Siempre acudí a los mismos sitios para buscarme. Nunca conseguí encontrarme, y quería, deseaba, fugarme de aquel circo.
¿Por qué nunca lo hice?
Yo me sentía como un apartado de mi propio cuerpo y ser.
El ser, dijeron, nunca fue lo mismo que el cuerpo. Entonces, entonces, dime tú, que todo lo sabes, ¿por qué duele cuando me tocas? da igual: aquí, allí. Todo era yo y mis prolongaciones.
Qué línea.
Infantil, infantil te acabas, qué oscura, qué niña. ¡Sonríe! Explota.
Todo este imperativo era un fin en sí mismo. No podías buscar una causa externa, sólo acostarte larga cuán eras en la prolongación que era esa esquela.
Qué longitud.
Acostada en ese camino una mujer extraña vino a buscarme. Creí que era un hombre y quise levantarme, pero, para cuando me planteé el intento, ya me había alcanzado. En un lugar me ataba las muñecas con sus manos. Aquí miraba, sólo miraba; y todo era tan inofensivo...
Se fue y aquel lugar se convirtió en un desierto. Los problemas de habitar en alguien, los problemas de existir; los huecos.
Aquello estaba todo formado por líneas y colores que se movían por el espacio. Era aquello el vacío. ¿Era aquello el vacío? ¡Qué sorpresa! al fin había llegado. Pero todo aquello yo ya lo conocía. Alcé una mano y así el aire. No había aire. No había mano. El horror al reconocer, al darse cuenta de que no había nada, nada excepto yo, y que aquel dolor agudo era la evidencia de una existencia tan desconocida, tanto, que era yo, yo era aquello.
Y aquello se volvía contra mí y ma bailaba en las cuencas de los ojos, si las hubiere, aquello me galopaba por la piel desbocado como una caricia y esa sensación turbadora. Aquello me arrancaba los dientes, me besaba la frente, me adelantaba con recuerdos de una muñeca, de una mujer, de un desierto blanco, blanco, como la piel que nunca tuve. Aquello me perseguía por cada hebra de cabello, por cada silueta que imaginé para condecorarme como perfecta. En cada desnudez, en cada cronopio atemporal, en cada magnánima imagen de gemidos; en los árboles que acaricié como consuelo. Aquello me tomó de las manos, que no eran, me tomó tan fuerte que comencé a creer en nuestra existencia. Y aquello abrió una enorme boca de muerto, una enorme boca inerte, y comenzó a devorar todos los colores que me vestían, comenzó a violar aquel espacio sólo con su movimiento. Aquello retozó en cada ensoñación de un sujeto cualquiera, cualquiera. Cuando engulló la vida, golpée una luz, para que vinieran a buscarme. Y entonces, vi que era yo. Que yo estaba, al menos, en la dicción. Y vi un camino, y vi una luz de mediodía reflejada en un coche, y vi el color del vehículo, y vi a las personas que me guiaban, y vi mis intentos, y vi los árboles, y vi, vi, vi cómo todo pasaba de largo por el camino de arena.

Alucinación I, Portinari





Salvador Dalí

jueves, 10 de junio de 2010 8 Comentarios

Viviría en cada número de esa escalera variándolos por minutos y días de la semana.
Porque parece que suben al cielo, invisibles.
Porque me he escogido esa casa, para vivir, en un campanario que sólo yo imagino a partir de una reliquia.
Del sonido de una campana.

Después del tiempo no queda nada.
Después de los números nadie distingue conclusión.

Quedan las escaleras eternizadas. Los números invisibles.
La línea que es límite, y a la vez ilimitada.

Vivir en las líneas de los números, como si fueran manos. En la extrañeza de las manos no hay números.
Sin números no hay tiempo. Sin tiempo nada concluye.
Sin conclusión no puedo ni renegar ni reafirmar mi existencia. Sólo existirla. Existirla. Dentro de cada línea imaginaria.

*****************************(Foto: Fibonacci number sequence, Mario Merz)



Portinari, Fibonacci number sequence -or question-


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"Pero el coronel siguió mirando y todo le resultaba maravilloso, y lo emocionaba, igual que cuando tenía dieciocho años y vio aquel panorama, por primera vez, sin comprender nada, sabiendo solamente que era muy bello."

Ernest Hemingway, Al otro lado del río y entre los árboles





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"El abismo son las profundidades infernales, los ínferos, los mundos inferiores, el abismo es el jaos, aquella boca siempre abierta de la que los seres emergen tan sólo si la luz roza la materia primordial. Vibrando. La materia informe haciéndose luz al vibrar. Y en la luz diferenciándose. Ser es salir a la luz, nacer es arrancárse a la oscuridad. Así pensaban los antoguos griegos: los seres emergen a la exisencia al conformarse la luz. Ser es existir."

[...]

"Jaisalmer puede ser cualquier lugar; cualquier lugar puede ser Jaisalmer. Un lugar donde el vuelo extremadamente sedoso de las bandadas de palomas nos alcance sin apenas rozarnos.


He llegado al final del camino. El final del camino es un desierto con un centro."

[...]

"Los monos no viven en los desiertos."

[...]

"En Jaisalmer hay una vaca ciega. La piel de sus párpados creció de tal forma que ha tapiado los pozos de su mirada. Esta vaca ciega es mi desierto. Tras esos párpados diríase que el agua profunda es llanto contenido, o tal vez una seca inmensidad, túneles que acaban en las entrañas. La visión interior es oscura, los sonidos, intensos."


Estractos extraídos de Diarios Indios de Chantal Maillard.

sábado, 17 de octubre de 2009 23 Comentarios

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Photo: Jonah and the whale, Pamplona Bible

Jonah, Pamplona Bible, Navarre 1197. Amiens, Bibliothèque municipale, ms. 108, fol. 146r .