Ausencias interminables en el segundero, ausencias como termitas, ausencias en mi cabeza.
Vuelve: ausencia en la palabra. Sensación de pérdida, perdida en la sustancia inflamable con lágrimas.
Yo soy yo, aunque nadie, segundero en el occidente.
Mirando a lo lejos, echando en falta la palabra verbalizada. Echando de menos la manera en que me asía la mano, y de más, la distancia.
A mil revoluciones secundarias, a mil millones de palabras por hueco, y la falta se reverbera en ese silencio precoz en cada milésima de segundo.
Segundos segundos, y terceros; mano alzada en el cuarto, al quinto, el corazón da un vuelco y la sangre corre fría cuerpo abajo, arruyando los recuerdos. Se para el segundero, dando paso a la quietud, proemio de la muerte, y dejas a la mano que acaricie el aire, y dejas los ojos vagando por el horizonte, buscando la sombra de lo que, apenas seis segundos antes, era.
Y te diste cuenta entonces, de que el tiempo, no entiende de estatismos.