Cuando tocaba aquellas teclas nevaba. Y es que nunca había dejado de hacerlo. El sueño se apoderaba de mis párpados queriéndoles hacer caer cada vez más abajo, pese a la ingente cantidad de café que me vibraba por dentro.Y es que escuchar aquellas teclas sonar era querer dormir, siempre.
Imaginaba lo gélido de afuera derretirse en el interior de una casa, donde el fuego ardía lo suficientemente lejos como para no quemarse, y lo bastante cerca como para querer hacerlo.
Mis lágrimas cayeron en lo hondo de aquel pozo aparentemente sin fondo que, hacía tiempo, ya no estaba donde solía. Antes, miraba dentro y no había nada, perdiéndome allí lejos hasta que llegaba en mi rescate y me sacaba de allí. Nada. ¿Oyes? no había nada. Y tampoco nadie para sacarme de aquel lugar de envergadura cambiante.
Abrí los ojos, las teclas habían cesado su melodía muerta. Me miraba, como preguntándome porqué no podíamos. Nos miramos sin respuesta, mas reconociendo lo mismo. El sol había salido y, el pelo, parecía naranja bajo aquella luz, hecha para iluminar cosas marchitas. Afuera ya no hacía frío, las nubes alconchadas flotaban trayendo olores del ayer a la estancia que se clavaban como punzadas aguijonadas, llenas de dolor y ponzoña, de esa que mata despacio, según van pasando los años. Pero al mirarlas y respirar dejó de importarnos. Aquel pozo ya no estaba. Sólo era un recuerdo.
Aquella volvió a la melodía, pero era una que no conocía. Necesitaba tiempo.

jueves, 5 de febrero de 2009

Photo: Jonah and the whale, Pamplona Bible

Jonah, Pamplona Bible, Navarre 1197. Amiens, Bibliothèque municipale, ms. 108, fol. 146r .